martes, 10 de mayo de 2016

Madrid (III)


Querido Diario,

Leí su telegrama al llegar a casa. "Urgen noticias. Dicen que ha estado en Madrid. Dicen que ha visto la de Almodóvar. Dicen que ha salido por Chueca. No se olvide de su fiel amigo. Lord Diario.".
Dicen bien, mi añorado petimetre. Hace dos semanas, compré un billete en plena madrugada insomne y me dije: la próxima semana, sin esperar más. 
El pasado miércoles, volaba hacia Madrid, sólo por unos días y unas noches. Si usted tuviese Facebook y me agregase como ferviente seguidor de mis andanzas y mis inmovilidades, sabrá que todo lo que le han dicho es cierto. 
Incluso que ha sido un viaje perfecto, de pura y total diversión. Las grandes ciudades ganan mucho cuando se tiene el dinero para gastar y, medie la ironía, se viven mejor cuando no se vive en ellas. 
Sí, he disfrutado estos días en Madrid, pero le confirmaré que la dejaré en esa ciudad de visita, de turismo, mientras continuaré residiendo en lugares más económicos, ventilados y tranquilos para este hombre tranquilo.


Caminaba por las calles como aterrorizado, Lord Diario. No la recordaba tan grande ni tan imponente ni tan llena. Qué tretas juega el hábito y la percepción. Sólo dos años habían pasado y el ojo provinciano se había adueñado del protagonismo. 
Pasaba por el mismo barrio en el que había vivido durante un lustro y era como verlo en una superproducción bíblica en Cinemascope.
Entre el terror, el viaje fue un pedir de boca desde el principio. El alojamiento, los planes, los caminos, la gente que reencontré, la sensación de estar a bordo de una agotadora y beneficiosa lanzadera hacia la vida.
A la vez, antes de caer rendido en la cama tras el fructífero día, añoraba mi casa, mi cama, mis gentes de aquí. 
Amaba Madrid y todos sus segundos pero, definitivamente, ya no era de allí. 


El jueves, le di un beso a mi peluquera, almorcé en mi restaurante predilecto, compré la colección James Dean en Blu-Ray.
A eso de las cuatro, me planté frente a la cartelera de los cines culturetas de Fernández de los Ríos y, con un mohín, entré en "Julieta", sin fe, porque no había otra que me interesara. 
Tan bonita, tan pequeña, cuánto me sorprendió esa caligrafía de niño aplicado, como si Almodóvar por fin aprendiese a contar algo y no imponerse sobre ello. Me gustó, sí, diríase que me atrapó desde el principio, mientras constataba que Emma Suárez es una enorme desaprovechada en este país de desaprovechados. 
"Julieta" tiene mucho de caminar por Madrid y de reencontrar. De confrontarse a lo perdido. 
Al salir, hice lo propio, bajo mi capucha, como la gata y la lluvia. Del calor del primer día, el clima se puso a llorar. De emoción por mi regreso, sí.
En este viaje, hice lo que nunca terminé de hacer, vi a quien nunca veía, celebré lo que antes soportaba a duras penas.
Allí, en La Latina, estaba el restaurante al que jamás volví. Allí donde trabajaba el único hombre que me ha hecho cambiar mi estado civil de Facebook. Sucedió hace años. 
Me lo prometió todo, incluido el amor, y en ese restaurante, me presentaba a todos sus amigos como su novio. De un día para otro, sin explicación, dejó de llamarme y no lo volví a ver. 
Todavía, cuando me hago una idea del amor, tiendo a recordarlo. Y yo me hago ideas del amor durante todo el día. 


Tantos años después, pasaba por allí, sin pensarlo. La puerta de hierro estaba echada casi por completo y era imposible ver nada más del interior que unos pares de piernas, preparados para abrir el restaurante en cuestión de unas horas.
Quién sabe si estaba allí. Como esta visita en Madrid, consistía en caminar hacia adelante, no averigüé nada. Sólo seguí caminando. Lo dejé atrás.
Las horas se hacían segundos en Madrid y luchaba por ver a quien quería ver. Amigos y amigas me contaban cosas para hacerme reír, para que no los olvidara, para que volviera pronto. Planes, historias, conversaciones que se enredan. Tengo muchos amigos, Lord Diario. Más de los que pensaba.
Se hacía la noche y ya tenía el plan para el día siguiente, con esperanza para la improvisación y con la necesidad de cumplir con la más lasciva obligación.
Entré en el bar de Chueca. El viernes por la noche. Estaba incómodo y ni siquiera había soltado el abrigo. Me voy, creo que me voy. Da igual, pensé, hay más cosas en este viaje que el sexo y los hombres, no vale la pena obsesionarse.
Yo confieso: detrás del plan original de este viaje de reconcliación y reencuentro, estaba el turismo sexual.
Pero allí, por fin, se me hacía cuesta arriba, me sentía solo, desentrenado, excesivamente sobrio. Quería zafarme, estoy cansado, me duermo.
Miré con desconsuelo el panorama, lleno de hombres con aspecto rudo, osuno, average, todo lo que no se encuentra en los bares de ambiente de Tenerife. Aquello sí que era un bar de machos, coño.
Me quedé, agarré mi copa y me interné hacia la pista del fondo, donde reinaba la oscuridad y, por suerte, rondaban más chicos solos. 
Miraban, bebían, paseaban, alguno bailaba. Yo miraba los vídeos musicales de las pantallas, aferrado a mi ron, y me sentía cohibido como una colegiala cuando notaba que algún doncel me escrutaba con interés.
Dos se rindieron cuando no correspondí sus miradas y ademanes de cruising. El tercero no se arredró y se apostó a mi lado, mirando a un punto impreciso entre mi cara y el vacío. 


¿Me mira a mí o no?, me preguntaba, dubitativo, inseguro, nervioso, repitiéndome: esto es demasiado intenso, yo ya no estoy acostumbrado, a ver si se va.
El chico, con su mirada bella, obviamente borracha, insistía con su expresión corporal. Se acercaba sin tocar.
De repente, se fue. 
Respiré, apuré un trago. Saludé a unos conocidos, pedí otra copa, volví al mismo sitio. 
El de la mirada bella y borracha volvió y me miró con alivio. "Aquí sigue. Bien", pareció pensar. No era Fassbender, Lord Diario. Era un chico normal, con sus buenas curvas, pero de constitución fuerte, muy del interior de este país. Barba, por supuesto.
El interés mutuo se hacía evidente, mientras la espera era agónica. Yo era quien debía decidirme a acercarme, a tocarlo, a que entiendera que sí, que adelante. 
Entonces, le toqué el brazo, le marqué la espalda con mi dedo índice y él apuró todo el espacio que restaba entre nosotros, siempre de espaldas a mí. 
Su culo grande se apretó contra mi paquete. Fue entonces cuando me di cuenta de lo excitado que estaba yo y el roce del culazo sólo lo incrementaba. Él siguió con el magreo, mientras yo descansaba mi aliento sobre su cuello. Lo besé. Él se dio la vuelta. Reacio al principio, se fue rindiendo a mí, que lo atornillé con mi lengua. Mientras, pensaba si debía hablarle, preguntarle el nombre. 
La información escasa se apuró en medio de la sesión. Jugueteó con mi polla por debajo del pantalón, me desabrochó algunos botones de la camisa y pellizcó mis pezones, en plena pista de baile, mientras yo cedía y me resistía al mismo tiempo. Hay que ver, canario, ya podías vivir en Madrid, me decía, tocándome por todos lados, entre la oscuridad y la claridad. Nos estarán viendo, pensaba. No importa, concluía.
Entramos en el cuarto de baño, cerramos el pestillo y me abrió la camiseta del todo. Me sacó la polla del pantalón. Me observó un instante, me comió los pezones y luego se metió el nabo en la boca. 
Hasta ese momento, había tenido tan poco interés en que le magrease su polla que pensé no debía tenerla muy grande. Le bajé la cremallera y la tenía bien gorda y dura. Se la comí, sentado en el váter, disfrutando cada segundo del sabor del pene, mientras lo oía bufar de placer. 


Debía irse porque trabajaba desde temprano. Se marchó dándome besos en la mano, diciendo que nos veríamos al día siguiente, así como enamoradito. 
De vuelta al hostal, recibía sus Whatsapps y nos mandábamos fotos. No entiendo cómo un tío que está tan bueno se ha podido liar conmigo, me dijo. Le contesté que ya será menos, pero me refocilaba en mi triunfo; por fin, tras tanto tiempo, era manifiestamente deseado. Sucedía en Madrid: se acababa la sequía, subía la autoestima. Sí, mi Lord, en el fondo soy más simple que la tabla del uno.
Pero Madrid no ha cambiado. Sus noches, crueles de tan bellas, odian repetirse. Y al día siguiente, el interés del caballero pareció morir al ritmo de la disipación etílica. Desapareció, como tantos otros, y pueden darse muchas teorías de por qué hoy mismo me ha bloqueado del Whatsapp. La más fidedigna ha de ser que el pibe es el clásico armarizado, que, en día de resaca, se pavoriza de lo que hizo en noche de desvelo. 


Pase usted la página, mi Lord.
Confieso que deseaba que aquel encuentro quedase en aquella noche perfecta del viaje perfecto, pero mi capacidad de fantasía siempre va a una velocidad impropia para la realidad y el pundonor se daña con esos bajones después de semejantes subidas. 
Si ya no vivo acostumbrado a las multitudes de Madrid, a sus dimensiones, a sus velocidades, a sus hombres que miran y desean y demandan, tampoco lo estoy a sus descorazones, a sus incoherencias. 
Ahora entiendo porque me cansé de vivir allí. Me habitué pronto a sus tristezas y, como tal, las relativizaba como normales, pero, en lo más profundo, debían dolerme siempre.
Esa ciudad me partió el corazón, usted lo sabe.


Madrid duele. Duele ahora, cuando pasan los días y cae el encanto mágico del viaje, desvanecido entre las rutinas del hoy y las incertidumbres del futuro. 
Queda la alegría. Cuando pienso en lo que hice, me siento orgulloso de haber comprado ese billete, porque sí, porque ya era hora. 
Pienso en volver y espero que surjan provechosas traducciones durante este verano que me proporcionen el dinero necesario para que sea pronto. 
Soy un hombre tranquilo y, a la vez, necesito estos momentos de intensidad, estos arranques de locura, esos culos grandes que me rocen el paquete, sólo para darme cuenta en ese instante de lo excitado que voy por la vida.
Qué genial todo. Valga la sonrisa. 

martes, 26 de abril de 2016

Felinos


Querido Diario,

Informan las conexiones que se repiten las elecciones presidenciales en un país sin gobierno, mientras otros intentamos vivir sin cometer los mismos errores. Qué desconexión tan conexa.
Esta época me atrapa usted en plena acción, como si me creyera el inquieto Lord Diario que viajó a través del mundo. Yo confieso: quiero ser usted.
Mi Lord, me halla usted despierto, nervioso, quizá demasiado para mi sistema dado a las comodidades. Hay veces que simplemente digo ay. 
Ya se lo dije el último día: algo ha regresado, esa agitación felina, esa gana por volver, allá, aquí. Siempre volver y, con un poco de suerte, hacerlo mejor.


Le echaba de menos entre paradas de tranvía, tardes de rectificación y algún que otro momento de descanso que reservaba a mis adoradas pantallas.
Me decía: ay, mi Lord Diario, querrá saber de Prince, de la nueva serie de Baz Luhrmann, del regreso de Woody Fox, de la reunión "Taxi Driver" o hasta del estado del cuerpo de Todd Sanfield.
Esto último se lo ilustro en un rocoso periquete.


Por eso hoy le robo unas horas a esta época al borde del ataque de futuro y se lo cuento todo, como si le disparase de puro amor y obsesión.


- La muerte de Prince ha pillado desprevenido al mundo eterno y le reconozco que a mí me ha sorprendido el descomunal amor que se le reservaba.
Aun desde el control que tengo de la cultura pop, confesaré que sé muy poco de la música de Prince; tal vez, porque cuando yo crecía, su estela multimediática empezaba a apagarse a la medida de sus trifulcas discográficas.
De hecho, y además de la iterada "Purple Rain", la única canción de la que guardo memoria y cariño es "The Most Beautiful Girl in the World", que debiera ser la última que conoció difusión mainstream
Habrá que corregir el error y descubrirlo, aprovechando la funeraria circunstancia.


- En cambio, sí identifiqué enseguida otro fallecimiento, acaecido ayer: Madeleine Sherwood, actriz del teatro neoyorquino de los cincuenta, a la que los cinéfilos de pro reconocemos de dos peliculones de Richard Brooks, que adaptaban las obras de Tennessee Williams.
Sherwood era la amante del corrupto jefazo de "Dulce Pájaro de Juventud" - a la que Ed Begley rompía el dedo de una manera que sólo se le podía ocurrir a Tennessee -, y también la abeja cuellicorta de "La Gata sobre el Tejado de Zinc", personaje odioso donde los haya.


- Revisé anoche La Gata sobre el Tejado de Zinc, en homenaje a Madeleine Sherwood y porque se la saluda como esa película que siempre apetece ver. 
Apetece incluso con la frustración del lavado de cara inevitable de su gran revelación - ese Skipper en la memoria de Brick -, cuyo cambio en la película queda confuso, como mínimo. 
Pero qué me dice de todos esos acentos sureños, esas grandes interpretaciones, esa perfecta ventilación de obra teatral en una cinematográfica en toda regla, esas deleitables líneas de Tennessee Williams, apasionado, poético y un tanto ridículo como los mayores genios.
Por supuesto, ese Paul Newman, que siempre ha sido religión.


- Debía tener el sábado en coordenada de película notoria, porque vi "El Corazón del Ángel" y Bonnie & Clyde en sesión doble. Cada una en su estreno despertaron escozores por su violencia y agresividad. Hoy, al lado de cualquier episodio de "Banshee", son Disney. 


- Otra pieza notoria y que quizá no ha perdido su impacto es Taxi Driver, una de las obras capitales del cine de los setenta, firmada por Martin Scorsese. 
En su cuarenta aniversario, su director y protagonistas se reunían en Tribeca para hablar del clásico de soledad, alienación y colapso urbano. 
Todos muy juntitos, sonrientes, supervivientes pese a los efectos del tiempo. Jodie Foster y Harvey Keitel, con un buen conservar envidiable.


- Las películas de Scorsese en los últimos tiempos no son "Taxi Driver" y las de Woody Allen tampoco son "Manhattan", pero sus obras nos siguen despertando curiosidad, aunque sea como contar los meses con un puño: esta sí la veo, esta la dejo pasar. 
La próxima de Allen, llamada Café Society y que nos llevará a los años treinta con Jesse Eisenberg y Kristen Stewart, ha capturado mi atención desde su magnífico póster. Esperemos que la atención no se transforme en bostezos cuando le eche el guante.


- Y de Woody a otro Woody, muy distinto. 
Woody es una manera de decir erección en inglés y no son pocas las que me ha procurado el actor porno gay del que versaré a continuación. 
Woody Fox, deslumbrante australiano que abandonó la follatril profesión en pos de las acrobacias circenses, regresa al porno y lo hace más guapo que nunca, con ese pelazo en su ideal punto de melena y el doble de cuerpo.


Ha sido una sorpresa verlo a la carga, porque Fox no habló bien de su experiencia en el medio una vez terminada - su relato de cómo se procuran erecciones duraderas en plató fue especialmente grimoso -, pero, cuando el bolsillo aprieta y se está tan bueno: pollas, para qué os quiero.


- Vuelven los Woodys, se me van "Banshee" y "The Good Wife" en las próximas semanas, y confío en novedades tan estimulantes como The Get Down, el desembarco oficial de Baz Luhrmann en televisión, de la mano de la súperpotente plataforma Netflix.
Musical, por supuesto, lleno de sonidos , ambientes y actores negros; bajo el faro del maestro de "Moulin Rouge", preveo que será intensamente ecléctica y romántica. 
Luhrmann produce, pero ojo al dato de su inverosímil colaborador y el auténtico chef de esta nueva serie: Shawn Ryan, el creador de "The Shield".


- Haga hueco y venda su alma al Diablo si es preciso para permanecer vivo hasta que llegue la nueva Twin Peaks. Ayer se publicaba el pobladísimo reparto, de más de un centenar de nombres, algunos estimulantes y otros muy WTF. Lagrimita debida al leer que casi todos los actores originales repetirán con papá Lynch. La lista completa, aquí.

- Tengo amigos que me recomiendan cosas y otros que se olvidan de proveerme de lo bueno. ¿Cómo es posible que desconociera a Marina and the Diamonds
Con ese nombre verdadero cual salida de una novela de Jeffrey Eugenides - Marina Diamandis -, esa energía agresivamente cute a lá Patty Duke, esas letras de "me hice mala por desamor" y ese infeccioso pop, ¿quién puede resistirse?


Tiene, de manera previsible, una canción llamada "Valley of the Dolls", pero las que me vuelven loco estos días son "Primadonna" y "How to Be a Heartbreaker". De ésta, le posteo el infartante vídeo, a tope de tíos buenos en remojo. Disfrute del porno.


Ay. Yo sólo digo ay. Hasta la próxima, mi Lord.

martes, 19 de abril de 2016

Madrid (II)


Querido Diario,

Hágase a la idea. He venido a este mundo a cambiar de opinión, a contarle cualquier cosa con convicción, con firmeza, con apasionamiento, y hacer al minuto siguiente su exacto contrario. 

- Jamás volveré - escribí una vez.

- Siempre hay una duda - narré hace dos meses.

- ¿Quién dijo miedo? - anuncio hoy.


¿De qué estoy hablando? Viejo zorro, se quiere usted enterar de todo. 
Hace poco más de una semana, mi amiga Sabina Urraca me envió una oferta de trabajo.

- Pero es en Barcelona, ¿no?

- Sí, ¿no quieres irte de la isla?

- Así de sopetón no sé qué decirte.

Quedé de sopetón y muy señor mío, de verdad de la buena, porque no sabía qué contestar. Quieres o no quieres. ¿Acaso quería dejar la comodidad, el mullido confort del hogar para lanzarme de nuevo a la aventura? ¿Y además en una ciudad que no me mata demasiado como Barcelona?
Jum, la duda empezó a volverse un angosto mar en el que empezaba a sumergirme.
A los pocos días, me tropecé con una amiga del colegio por la calle. 

- Todos los lugares tienen sus cosas buenas y sus cosas malas - parloteamos los dos, que hemos recorrido mundo.

Entonces le dije que me estaba picando el culo últimamente y que quién sabe. Quién sabe. Ay, Lord Diario, danger! danger! Cuando yo digo quién sabe, estoy sembrando un campo de amapolas que, a la luz de su exquisito olor, cualquiera se va a dormir con el sueño: "Saca la maleta de debajo de la cama y limpiále el polvo, no la vas a subir así al avión".
El trabajo barcelonés no fructificó - es decir, eligieron a otra persona -, pero cierta amiga y seguidora me enviaba la semana pasada un nuevo contacto, una nueva oferta. 
En esta ocasión, un señor trabajo que, como lo consiga, le aseguro que me da un infarto. Ahí está enviada la documentación y pendiente de selección y escrutinio.
Sí, rece, rece por mí. Llene su altar de velas y enciéndalas en nombre de Joan Crawford para que un golpe de suerte me deje KO en el suelo y de vuelta a la vida.

- Pero quiero preguntarte... El trabajo sería en Madrid. ¿Estarías dispuesto a volver?

- Claro. Es mi segunda casa. Hago las maletas y me planto allí ahora mismo.

¿Quién decía eso? ¿Quién era el traidor? ¿No le había dicho yo a usted, excelentísimo Lord Diario, que aquí me quedaba? 
¿Qué se había apoderado de este corazón loco? Sí, había regresado oficialmente ese culipicor, esas ganas de movimiento, ese jaranismo trotamundos.
Pero, oh, también una profunda, sincera nostalgia.
Me imaginé aterrizando en sus calles y lo hacía delante de un sitio tan corriente y moliente como el Madrid Madriz de metro Tribunal. Qué chorrada. Será porque allí dentro pasé grandes ratos en un tiempo, será porque jamás volví después de otro tanto.


- ¡Con lo tranquilo que estaba! Y ahora este cosquilleo otra vez, esta locura. Ay, ay, ay.

Pensé y pensé durante los días, de buceo entre la duda y la certeza, con la tristeza de dejar cosas atrás, con la excitación de volver otra vez a Madrid, con la sabiduría, con la experiencia, con la obsesión de no repetir errores.

- Se acabaría una tristeza del pasado si lo intentara de nuevo. A lo bien.

Como le dije, hay muchos Madrides como las hay épocas en nuestras vidas, como hay Jositos, como hay actitudes. 
Y si ha vuelto la energía, la decisión, pies, ¿para qué os quiero?


Entiendo que aún hay precipicio, con tiburones hambrientos en el fondo. Hablo de ese desfiladero del desempleo, esa cola diabólica de la crisis. No lo subestimo, no lo he hecho nunca.
Pero también le informo que, en las últimas semanas, he recibido más ofertas de trabajo que en los pasados cinco años. ¿Algo se reactiva? ¿O ha sido culpa de mi armisticio conmigo mismo? Se acaba la procrastinación, le aseguré.
¿La cosa, visualizada al estilo "El Secreto", irrumpió? Cambie usted la actitud, le vendrá rodado. Laméntese en una esquina, en esa esquina se quedará.

- Hay cosas buenas y cosas malas en todos los lugares.

En Tenerife, está mi familia, está mi gimnasio, está el clima más maravilloso de la Tierra. Es un lugar saludable, pacífico, simpático. Como dirían de una comedia de andar por casa: "Te ríes."
Pero tiene un techo, con el que toda la vida me he dado de cabezazos. Son esas las limitaciones de los sitios pequeños. El modo de ser de la gente, las expectativas de futuro. 
La respuesta es conformarse. Y yo lo he hecho, porque soy perezoso por naturaleza, porque también soy inseguro y así he renunciado a muchas grandes ambiciones para los que otros me ven perfecto.
Pero, al final, en la tranquilidad más rotunda, ande yo conforme con lo que observo y con lo que oigo,, el vaso que agito se bambolea con cierta neurosis, como si buscara algo más de la realidad circundante, como si deseara sobrevolar por el mundo sin que nadie se entere, como un misterio que se escapa a la propia razón de la velada.

- Este cristal se rompe antes de que den las doce.


- Tú estabas bien aquí. - me dirán todos.

Sí, y también me conté muchas mentiras. Me dije que nunca volvería, porque temía que así fuera. Ahora digo no a lo rotundo. Deseo vivir entre los dos lados, sin renunciar a uno por otro. Si pudiera, los mezclaría como un buen brandy y sería inmensamente feliz. Como no puedo hacerlo, beberé un sorbo de este cuando me canse de aquel.
Sí, y hay algo que sólo existe en Madrid y tiene nombre de barrio. Eso sí es insuperable y la comparación no es odiosa, Lord Diario. Es devastadora nivel Apocalipsis.


Volveré, Diario, volveré. Haré lo posible. Ayúdeme a hacerlo. ¿Cuándo? No lo sé. He de pensarlo bien. Que no sea una locura, como las otras veces que me he lanzado al mundo. Que sea con firmeza, con dinero en el bolsillo, con un trabajo al que acudir todos los días. ¿Cuándo? Mañana, dentro de un mes, el año que viene, dentro de una década. ¿Quién sabe? 
No importa que no vuelva nunca a Madrid. Sólo que he recuperado el sueño por regresar y con esa ilusión me voy a dormir. En paz, en agitación, feliz, vuelto loco, completamente adicto al mañana.
Rece por mí, amigo mío, estoy salvado.

lunes, 18 de abril de 2016

Desnudos


Querido Diario,


Anoche soñé que volvía a estar desnudo en plena calle.
Hacía un frío terrible, propio de una noche de enero en Madrid. Sí, debía estar allí, porque pedí un taxi y le dije que me llevara a la calle de Irún. El taxista miraba mi desnudez por el retrovisor, como si estudiase la situación y decidiera qué provecho sacar de aquello. O pensaba follarme o sólo disfrutaba del morbo, del suspense, quizá de la vergüenza ajena de tener como pasajero a un tío en bolas. 
Yo notaba el frío del cuero del asiento en la espalda y también en mi ojete. Fue entonces cuando me di cuenta que estaba desnudo. Desnudo en un taxi, a merced de la buena - o mala - voluntad de un extraño. Crucé las piernas para ocultar mis pelotas con un pudor instintivo, pero no podía esconder mi polla. Estaba demasiado tiesa, presa de la mirada escrutadora del taxista.


¿Cuántas veces habrá soñado el ser humano con deambular desnudo por donde no debe? Es el sueño recurrente, que nace de la compleja relación que tenemos con nuestro cuerpo, especialmente cuando está al aire.
Un cuerpo erotiza, atrae las miradas, se revela en el amor y en el sexo, se destapa cuando no hay nada que ocultar, pero, en la mayoría de las situaciones, somos Adán y Eva expulsados del Paraíso. Qué vergüenza, tápate.
El ridículo protocolo del vestir, que nació de necesidades prácticas, como la de protegerse los huevos so pena de golpe o de cubrirse el culo para no ir manchando, devino en el complicado universo psicológico y social del pudor.
En algunas sociedades, la obligación de cubrirse ha sido tan extremada que un centímetro de carne al aire ponía a cien a toda la parentela. Y excitarse ante lo prohibido debía ser malo, malo, malo.
En estos tiempos y en aquellos, en los que el traje ha sido ritual, señal de clase social o testigo de las modas veloces, el pudor todavía perdura y la desnudez tiene esa significativa relación entre disparadero erótico e improceder absoluto.

- No se quite la ropa ahora, señora, que viene mi marido.

- Tápese esas pechugas, muchacha, que va buscando guerra.

- Déjate puesto el uniforme de policía mientras me follas, por favor.

- Quítate la camiseta, Ben, que te silbamos.


Quitarse la camiseta, tanto en hombres como en mujeres, todavía suscita signos de admiración, silbidos y generosos likes en redes sociales pero, si la cosa no es bella o fornida, se troca en asco.
Ahí está la clave. De manera general, sólo se desnudan los guapos. De hecho, los guapos han venido a este mundo para desnudarse cada dos por tres.
Los demás han de guardarse esas carnes fofas para los dormitorios o sus tristes espejos. 


Para eso, hemos venido, para eso, hemos pagado la entrada. Que se desnuden los bellos para encanto de todos y, si se puede, que follen entre ellos.
Siempre para mayores de dieciocho años si la cosa se torna caliente. Porque lo desnudo parece que sólo se descifra por mentes adultas, cuando son éstas precisamente las que le conceden su significado morboso.
Para un niño, el desnudo es natural; para un adulto, es un cocido de tabú. Es el que decide los centímetros de carne permitidos. Es el que sabe la diferencia entre una foto en la playa, un escote de intenciones provocativas y una escena pornográfica.
Es el adulto en el que se reboza en la misma arbitrariedad del desnudo que decide que un hombre con una polla tiesa es porno, sin discusión.


El desnudo, que preocupó a todos los grandes artistas y calentó a las mejores plateas, todavía vende, marca y sentencia.
Cuenta casquivanas a las mujeres que lo practican y califica de vanidosos a los hombres que se atreven. En televisión y en cine, ya lo dice Emilia Clarke, hay menos penes que coños y, de manera general, aquellos siempre son grandes o suculentos. Sólo los bien portados quieren presumir y, como he dicho, los bellos son los que se despelotan.


Veneramos tanto el cuerpo desnudo y, a la vez, lo odiamos. Estar desnudo puede ser una tragedia. Si quieres humillar a alguien, torturarlo, castigarlo severamente, solo o delante de los demás, quítale toda la ropa, déjalo desnudo, indefenso, vulnerable, sin mayor identidad que su carne.

- Como Dios lo trajo a este mundo.

Los grandes castigos de la Historia han empezado por la desnudez en público. Es cuando la pesadilla recurrente se troca en realidad y el cuerpo, sea bonito o feo, aparece a la luz del día, para escrutinio de todos, que lo ven espantosamente vulgar.


El ser humano debe odiar mucho su cuerpo, porque le da asco la caca, los mocos, la sangre, las vísceras. Todo lo que tiene dentro y lo que expulsa, de un modo u otro. Las películas de terror se llenan de esqueletos y calaveras y el espectador se asusta, como si ignorase que se ve a sí mismo, por dentro, tal cual sería en su quintaesencia.


La vista se refocila en los vestuarios ostentosos o seductores, mientras busca en los cuerpos desnudos de los bellos, bien proporcionados e iluminados, el divino ideal del que carece.
Mientras, reacciona incómodo cuando alguien comienza a quitarse la ropa sin Joe Cocker de fondo. La excitación ante el tabú, la raigambre victoriana, la esclavitud de los cánones, el espanto ante la realidad. 

- Qué asco, señora, tápese esos melones de ballena. Hay niños delante.


Dicen que venimos a este mundo desnudos, de cuerpo y de mente, y que la vida consiste en cubrirnos, taparnos, con capas y capas de traje, trauma y experiencia. Sólo nos desvestimos en compañía de nuestros padres cuando somos niños. De los que amamos cuando tenemos suerte, quizá por la confianza ganada.
O, simplemente, por comodidad. Porque también nos desnudamos con los que deseamos íntimos. 

- No vas a follar con camiseta, hombre. Quítatela.

- Pero los calcetines me los dejo, que hace frío.


Camiseta fuera, Lord Diario, también los calzoncillos. Inclínese y déjeme ver su culo blanco de lechuguino. 
Haré lo propio y, si hace buen tiempo, salimos a la calle como dos señores que han perdido los papeles al mismo ritmo que la ropa.
Será un escándalo, mancharemos las sillas donde nos sentemos, nos exiliarán a una comunidad nudista entre tomates y abucheos. Será como volver a ser niño y reír otra vez. Tú me enseñas lo tuyo, yo te enseño lo mío. Será horrible, traumático, una pesadilla.
Si hay que volver a casa, un taxi y listo.

miércoles, 13 de abril de 2016

Jasonismo


Querido Diario,

Vivimos en un bucle temporal, donde se estrena una película que acaba en  -man, se detiene al banquero, se elige al terrorífico apellido en las elecciones de nuestro querido Perú y tropezamos con las series de nuestra infancia.
Y, al final del día eterno, todos los que escribimos intentamos decir la verdad, lo más parecido a ella, lo que supimos ayer y dudamos hoy, perdidos en el propio bucle.


Sí, bailamos alrededor de la misma pista, esa a la que ayer llamamos mundo, y giramos en ella cual si rotáramos los 365 días del año, bajo la exacta definición de locura: hacerlo otra vez y buscar un resultado distinto. Así es el ser humano, así se mueve la actualidad.


Olvídelo todo por un segundo. Colóquese de nuevo la peluca, el almidonado cuello y el antifaz. 
Hoy nos distraemos, nos perdemos, nos quedamos tontos frente a la pantalla. Hoy miramos a Hollywood, a los resultados de taquilla y a dos Jason, uno que está de actualidad en todo el mundo y otro que vive en mi corazón.


- El último Almodóvar, de nombre "Julieta", ha entrado mediano, más bien decepcionante, en la taquilla del fin de semana. Un quinto puesto y ni siquiera la película española más popular de la lista, insólito en un arranque almodovariano. ¿Los papeles de Panamá? ¿El presunto contubernio heterosexual derechuzo contra Pedro? ¿O el simple desgaste de la concurrencia tras sus anteriores bodrios? 

- Recuerde que la bodriesca Batman vs. Superman, a pesar de sus cifras descomunales, perdía fuelle como casi ningún otro blockbuster en la memoria. Y la caída, siempre relativa, continúa. "The Boss", comedia con Melissa McCarthy, le robaba el primer puesto de su tercer fin de semana por la mínima, pero suficiente. Cuente con el dato de que la película de Melissa no habrá costado ni un tercio de la de Zack Snyder.

- Pese a todo, se anuncia OTRA película de Batman, esta vez en solitario, en la que Ben Affleck se dirigirá a sí mismo. Cuánta fe, señor mío, cuánta persistencia.

- Si hay dudas en torno a responsables y protagonistas de "Batman vs. Superman", Aquaman está de buen año y por muchos motivos. 


El espectacular Jason Momoa se prepara para "Justice League" y lo cuenta en Instagram al estilo moderno: con vídeos infartantes de las burradas que hace en el gimnasio para conseguir esa masa muscular. Sin camiseta, por supuesto.

                       

- Si aún lo desconoce, el amor por Momoa nació en su paso por "Juego de Tronos", que regresará el próximo 24 de abril para deleite del Estado friki internacional que no dudará en contárnoslo todo por las redes sociales.
Emilia Clarke, la adorada Daenerys, confesaba esta semana otro motivo para suspirar por Jason Momoa. "Vi su miembro a pesar de que estaba cubierto por un suave calcetín rosa. Mostrarlo haría que la gente se sintiera realmente mal. Es demasiado fabuloso". ¡Quiero el trabajo de ese calcetín!


- Y también quiero que llegue ese momento de la noche en el que me siento frente al televisor, apunto con el mando a distancia y elijo exactamente lo que quiero ver. En estos días, es nada menos que Beverly Hills 90210, conocida en este país como Sensación de Vivir.


- Evitaré extenderme hoy porque a esta serie hay que dedicarle un post en exclusiva - y será en breve, prometo -, pero qué adicción, mi Lord. Y, sobre todo, qué diversión.
Si hay algo que siempre controló Aaron Spelling en sus más emblemáticas series, sería esa sensación de contemplar lo más jugoso del mundo. La prueba: tantísimas imitaciones y ninguna con ese toque de alquimia.


- Le confirmo mi rotunda obsesión por su actor protagonista, el ínclito Jason Priestley, que interpreta al buenazo Brandon Walsh. 
Porque aquellos primeros noventa gustaban de homenajear a los cincuenta en sonidos, poses y actitudes, Jason era tupé jamesdeanesco y mirada paulnewanesca. 
Reniego de la mayoría de ídolos juveniles, pero este tío era de una belleza apabullante.
Según Shannen Doherty, "entre lo más complicado de esa serie, estuvo interpretar a la hermana de Jason Priestley. Estaba tan bueno... Una vez me preguntaron por esa cierta onda incestuosa que había entre ellos y yo sólo pude reírme".


- El interés por el Priestley de entonces y de hoy me ha llevado hasta su mejor película.
En Amor y Muerte en Long Island, una pequeña gran comedia, Jason interpreta a lo más parecido a sí mismo: un ídolo juvenil que quiere ser tomado en serio como actor. 
Un impagable John Hurt es el respetable escritor inglés que se obsesiona por él, porque lo contrario sería imposible.


- Y, recuerde, hay autobiografía del doncel, publicada el año pasado, en la que Jason ha desvelado secretos del backstage de "Sensación de Vivir". Agárreme, mi Lord, que me la bajo al Kindle.


- Sí, aquellos primeros noventa eran muy cincuenta. Recuerde "Twin Peaks", por ejemplo, o el regreso del enorme Roy Orbison a las listas de éxitos. 
Orbison cantó "I Drove All Night" y el vídeo, pura onda fifties, sólo pudo estar protagonizado por los dos más bellos de entonces: Jennifer Connelly y mi Jason Priestley.

                       

Disfrute de la madrugada, querido Diario. Vivimos en un bluce, pero la leyenda cuenta que no habrá otra noche igual.