sábado, 28 de enero de 2017

Tom


Querido Diario,

Hágase la coronación. En circunstancia especial, he vuelto a usted, mi Lord, para convocar y entregar el disputado título del Maromo del Año y la audiencia ha hablado.
Que empiecen los juegos, decía el ganador en una de sus más populares interpretaciones. Y le han dado como vencedor. No ha sido fácil e incluso el caballero suscitó todo un #teamHardy para asegurar una victoria elusiva durante los primeros días.
Volver a usted, mi Lord, aunque sea para no perder tan entrañable tradición, es un placer privado, casi secreto. Dispongo de tan escaso tiempo que ni siquiera debería estar aquí. Saboreo cada palabra que le escribo y, a la vez, recuerdo lo difícil y absorbente que era frasear uno de estos posts.
Tom Hardy fue también placer secreto hasta que todo el mundo lo cazó en "Origen". Recuerdo a mi amiga Regina decirme que no debía perderme al maromo y acertó. Como ella misma dijo hace pocos días: "Sólo hay un papi y su nombre es Hardy". 




Si me perdona Michael Fassbender, podríamos decir que Tom Hardy es el mejor y más interesante actor que ha ganado nunca el Maromo del Año. Es guapísimo, sexy, macarra y tierno, un tío que atrapa desde que entra en escena, quizá sólo desde sus solemnes intenciones y sus camaleónicos disfraces. 
Dijo que se hizo la lengua un lío cuando se refirió a escarceos homosexuales en su juventud, mas, en cualquier caso, sólo refrendó su imagen ambigua. Es muy viril y luego tiene esos labios femeninos de pura incongruencia. Es un elegante caballero londinense y un marullero de la misma ciudad. Es todo los villanos y los buenos tipos. En su agenda, se cuenta parecerse a Gary Oldman; cuando roza la gloria, a mí me recuerda al más joven Brando.
Y cuando lo veo abrazar a sus perros, me dan ganas de ladrar.




Desde la última vez que me lo encontré en líneas blogueras, Tom Hardy no ha hecho más que asentarse, entre márgenes independientes y películas comerciales a las que otogar su sello de poder escénico. 
En "Mad Max: Fury Road" estaba brutal - aunque Charlize Theron le robó el show - y nos habló de que ir lleno de mierda es the new black. 
También apareció lleno de mierda en "El Renacido", inflado western para el que entregó un inquietante villano, duelo de puñaladas con DiCaprio y nominación al Oscar como colofón. 




Entre las transformaciones de tan metódico actor, se cuentan sus cambios físicos, desde el megabuff aspecto de "Warrior" hasta esculturas pectorales más naturales. En cualquier caso, debe ser uno de los pocos actores que no tiene problemas en tener o no tener siempre las tetas en su sitio. Y hay que recordar su edad: esos 39 años increíblemente bien llevados.
Ahora que protagoniza y produce la serie malota "Taboo", él debía saber que tenía que filtrar alguna prueba de exhibicionismo para atraer atención; de hecho, muchos del #teamHardy arguyeron las fotos integrales como prueba decisiva de esta victoria.
Gracias que usted, Lord Diario, siempre fue adulto y, hoy, por primera vez, le vemos la polla al Maromo del Año el día de su coronación. 
"Tiene unos labios para comérselos bien comidos", decía un amigo mío, que probablemente cambie la palabra "labios" por otra tras ver estas imágenes.




Al caballero intenso llamado Tom Hardy colocamos la corona de laurel del bello entre los bellos y deseamos un futuro esplendoroso. 




Aunque el inicio de la votación fue reñida, Tom Hardy ha ganado por un amplio margen sobre sus competidores.
El empuje de Sam Heughan ha sido tremendo aunque esperado, debido al enorme fanbase de la serie "Outlander". Concedemos la medalla de plata al pelirrojo escocés. 
Y el bronce es enorme y musculoso, contado desde fotos de Instagram y vídeos de cómo hacerse una coleta. La gran sorpresa ha sido ese tercer puesto para el hérculeo Brock O'Hurn.
Tenía mis dudas sobre la participación en este certamen, debido a que ya no le frecuento, mi querido Diario, pero el número total de votos ha superado los del año pasado.  
Gracias a los lectores por participar y seguir asomándose por esta y otras ventanas de Josito Montez.
A usted, mi Lord, y a todos, ¡Feliz Año Hardy!

sábado, 14 de enero de 2017

Hombre


Querido Diario,

Pensaba si usted seguiría aquí, al otro lado, donde vive mi imaginación, esa que lo llevaba de país en país, de esposa en esposa, de miseria en felicidad. 
Mi ausencia se explica por la vida, que ha sido profusa el último 2016. Dicen que fue un año horrible, porque murió mucha gente célebre y venció más de un indeseable, pero, para mí, se vistió del mejor y más intenso año de mi vida. Se lo contaré cuando encuentre el tiempo, quizá dentro de unos meses. O, simplemente, visite mi Facebook, la extensión natural de este y otros blogs desde hace muchos años. 
El ajetreo me impidió cumplir en diciembre con la tradición de elegir al Maromo del Año antes de acabar los doce meses, pero nunca es tarde. 
Y este 2017, durante el cual se cumplirá una década de mi actividad bloguera, no podía arrancar como es debido sin la votación de nuestro macho forever.
Scott Eastwood hace los honores de maromo en funciones y será el padrino de esta nueva edición, en la que hay sangre nueva, algún regreso y sólo un candidato que repite desde el año pasado.




Los nominados de este año son:



PIETRO BOSELLI



¿Quién es el maromo? El profesor de Matemáticas más sexy del mundo, en palabras de todo el personal, vuelve a esta edición tras un año brillante, que lo confirma como imprescindible pin-up de las esferas internaúticas. No tardamos en ver ese mármol en los kioscos a golpe de Mens Health, mientras Armani se lo pedía, mundo mediante. Su última hazaña es alegrarnos la vista con su descamisada rutina de ejercicios en Youtube.


¿Por qué debería ganar? Porque es una cosa carissima y exquisita, encantadora mezcla de simpatía y musculatura, que calienta nuestros días. Su vídeo al minuto poniéndose y quitándose la camiseta se encuentra entre los mejores momentos de mi vida. Sin exagerar exagerando.



¿Handicap para la victoria? Disuadirá a los críticos del fisioculturismo, la depilación exacerbada y el postureo internaútico.



RYAN GOSLING

¿Quién es el maromo? El actor cuya indolencia traída y venida representa a toda una generación, Ryan Gosling podría haber sido ruidosa flor de temporada, pero tan sólidos sus bíceps como sus pasos en la industria. Este 2017 será importante porque lo ve firme en la carrera de premios y corazones con el musical "La La Land".


¿Por qué debería ganar?  Su atractivo es tan peculiar como considerable. Cuesta apartar la mirada de él y todavía no se explica su embrujo. El poder de lo rubio y, sobre todo, el imperio del goslingismo. Y ese cuerpo, por favor.


¿Handicap para la victoria? Tiene tantos fans rabiosos como detractores de sus dotes interpretativas y dudosos de sus encantos físicos. "En realidad, es feo", he oído decir más de una vez. Hay quien lo encuentra insoportable.



TOM HARDY



¿Quién es el maromo? Me quedo con la definición que le dediqué hace años: Tom Hardy es la mezcla perfecta entre un gentleman y un hooligan. Súmelo a la lista de guaperas que han llegado para quedarse, inquieto caballero de pantallas que lo mismo se lanza a furias en la carretera que se entrega a los más impactantes cambios físicos para superiores retos interpretativos. 


¿Por qué debería ganar? Tiene esos labios carnosos, casi femeninos, que contrastan sumamente con toda esa apariencia sucia, tatuada y barbada, dentro de un contraste que sólo puede considerarse explosivo. Para variar, un actorazo podría ganar el Maromo del Año y redondeamos el 2017 nada más empezar. 


¿Handicap para la victoria? Sus tatuajes y su desaliño son magnéticos para unos y repelentes para otros. Como bello, es irregular: hay ocasiones que luce bellérrimo y otras, que dan ganas de darle un bocata de filo.



SAM HEUGHAN



¿Quién es el maromo? Para los seguidores de la serie histórico-romántico-fantástica "Outlander", Sam Heughan es, ante todo, Jamie Fraser, el corpulento pelirrojezno y valiente héroe de las Highlands, que enamora con su kilt y periódicos descamisamientos.



¿Por qué debería ganar? Ha sido el protagonista de las más insólitas secuencias televisivas, que lo confirman como uno de los más sufrientes personajes de la ficción contemporánea, pero también como el primer hombre que es objeto de deseo y seducción de una manera nunca vista. Esa noche de bodas, amigas. Que gane Sam no será extraño, aviso. Sus fans son batallón.


¿Handicap para la victoria? Si no se sigue la serie "Outlander", Sam será el mayor desconocido entre sus competidores




BROCK O'HURN



¿Quién es el maromo?  Una bestia de pelos y músculos sólo vista en unas fantasías que ni Harlequín, Brock O'Hurn es celebridad esculpida a razón de red social. Su vídeo haciéndose la coleta se tornó viral y ni un año más tarde el fuertote hacía su debut interpretativo en la serie "Too Close to Home". La publicidad lo reclama.


¿Por qué debería ganar? El Instastud por excelencia corta el aliento con ese megatorso, más grande que nuestras vidas. Todo en él es devastadoramente apetecible.


¿Handicap para la victoria? Es tan improbable y excesivo que me pregunto si sus atractivos se componen de pura adición. Sus mayores hazañas nacen del postureo selfie y el proteínico batido. 



CHRIS PRATT



¿Quién es el maromo? Aquel placer privado de "Parks & Recreation" se ha consagrado mundial con su protagonismo decidido en toda senda blockbuster. Chris Pratt, gran actor de comedia y ahora guapo de las pantallas, sigue estrenando súperpoducciones y continúa gestando carrera imparable.


¿Por qué debería ganar? Es uno de esos bellos por naturaleza que nos gustaba con unos cuantos kilos encima y el gimnasio y las dietas sólo confirmaron nuestras sospechas de que lo deseábamos con locura. Queremos un Maromo del Año carismático y divertido.


¿Handicap para la victoria? Como su co-protagonista en "Passengers", Jennifer Lawrence, habrá quien asegure aquello de "no es para tanto".


¿Qué le parece, Lord Diario? 
La única manera de votar se encuentra en el widget de la columna de la derecha del blog, dispuesto exclusivamente para la ocasión.
No se aceptan votos en comentarios o mensajes.
La elección del Maromo del Año durará hasta el 27 de enero.


Hasta entonces, vote sin miedo y confíe en mi retorno. Volver a casa, ese raro placer.

martes, 10 de mayo de 2016

Madrid (III)


Querido Diario,

Leí su telegrama al llegar a casa. "Urgen noticias. Dicen que ha estado en Madrid. Dicen que ha visto la de Almodóvar. Dicen que ha salido por Chueca. No se olvide de su fiel amigo. Lord Diario.".
Dicen bien, mi añorado petimetre. Hace dos semanas, compré un billete en plena madrugada insomne y me dije: la próxima semana, sin esperar más. 
El pasado miércoles, volaba hacia Madrid, sólo por unos días y unas noches. Si usted tuviese Facebook y me agregase como ferviente seguidor de mis andanzas y mis inmovilidades, sabrá que todo lo que le han dicho es cierto. 
Incluso que ha sido un viaje perfecto, de pura y total diversión. Las grandes ciudades ganan mucho cuando se tiene el dinero para gastar y, medie la ironía, se viven mejor cuando no se vive en ellas. 
Sí, he disfrutado estos días en Madrid, pero le confirmaré que la dejaré en esa ciudad de visita, de turismo, mientras continuaré residiendo en lugares más económicos, ventilados y tranquilos para este hombre tranquilo.


Caminaba por las calles como aterrorizado, Lord Diario. No la recordaba tan grande ni tan imponente ni tan llena. Qué tretas juega el hábito y la percepción. Sólo dos años habían pasado y el ojo provinciano se había adueñado del protagonismo. 
Pasaba por el mismo barrio en el que había vivido durante un lustro y era como verlo en una superproducción bíblica en Cinemascope.
Entre el terror, el viaje fue un pedir de boca desde el principio. El alojamiento, los planes, los caminos, la gente que reencontré, la sensación de estar a bordo de una agotadora y beneficiosa lanzadera hacia la vida.
A la vez, antes de caer rendido en la cama tras el fructífero día, añoraba mi casa, mi cama, mis gentes de aquí. 
Amaba Madrid y todos sus segundos pero, definitivamente, ya no era de allí. 


El jueves, le di un beso a mi peluquera, almorcé en mi restaurante predilecto, compré la colección James Dean en Blu-Ray.
A eso de las cuatro, me planté frente a la cartelera de los cines culturetas de Fernández de los Ríos y, con un mohín, entré en "Julieta", sin fe, porque no había otra que me interesara. 
Tan bonita, tan pequeña, cuánto me sorprendió esa caligrafía de niño aplicado, como si Almodóvar por fin aprendiese a contar algo y no imponerse sobre ello. Me gustó, sí, diríase que me atrapó desde el principio, mientras constataba que Emma Suárez es una enorme desaprovechada en este país de desaprovechados. 
"Julieta" tiene mucho de caminar por Madrid y de reencontrar. De confrontarse a lo perdido. 
Al salir, hice lo propio, bajo mi capucha, como la gata y la lluvia. Del calor del primer día, el clima se puso a llorar. De emoción por mi regreso, sí.
En este viaje, hice lo que nunca terminé de hacer, vi a quien nunca veía, celebré lo que antes soportaba a duras penas.
Allí, en La Latina, estaba el restaurante al que jamás volví. Allí donde trabajaba el único hombre que me ha hecho cambiar mi estado civil de Facebook. Sucedió hace años. 
Me lo prometió todo, incluido el amor, y en ese restaurante, me presentaba a todos sus amigos como su novio. De un día para otro, sin explicación, dejó de llamarme y no lo volví a ver. 
Todavía, cuando me hago una idea del amor, tiendo a recordarlo. Y yo me hago ideas del amor durante todo el día. 


Tantos años después, pasaba por allí, sin pensarlo. La puerta de hierro estaba echada casi por completo y era imposible ver nada más del interior que unos pares de piernas, preparados para abrir el restaurante en cuestión de unas horas.
Quién sabe si estaba allí. Como esta visita en Madrid, consistía en caminar hacia adelante, no averigüé nada. Sólo seguí caminando. Lo dejé atrás.
Las horas se hacían segundos en Madrid y luchaba por ver a quien quería ver. Amigos y amigas me contaban cosas para hacerme reír, para que no los olvidara, para que volviera pronto. Planes, historias, conversaciones que se enredan. Tengo muchos amigos, Lord Diario. Más de los que pensaba.
Se hacía la noche y ya tenía el plan para el día siguiente, con esperanza para la improvisación y con la necesidad de cumplir con la más lasciva obligación.
Entré en el bar de Chueca. El viernes por la noche. Estaba incómodo y ni siquiera había soltado el abrigo. Me voy, creo que me voy. Da igual, pensé, hay más cosas en este viaje que el sexo y los hombres, no vale la pena obsesionarse.
Yo confieso: detrás del plan original de este viaje de reconcliación y reencuentro, estaba el turismo sexual.
Pero allí, por fin, se me hacía cuesta arriba, me sentía solo, desentrenado, excesivamente sobrio. Quería zafarme, estoy cansado, me duermo.
Miré con desconsuelo el panorama, lleno de hombres con aspecto rudo, osuno, average, todo lo que no se encuentra en los bares de ambiente de Tenerife. Aquello sí que era un bar de machos, coño.
Me quedé, agarré mi copa y me interné hacia la pista del fondo, donde reinaba la oscuridad y, por suerte, rondaban más chicos solos. 
Miraban, bebían, paseaban, alguno bailaba. Yo miraba los vídeos musicales de las pantallas, aferrado a mi ron, y me sentía cohibido como una colegiala cuando notaba que algún doncel me escrutaba con interés.
Dos se rindieron cuando no correspondí sus miradas y ademanes de cruising. El tercero no se arredró y se apostó a mi lado, mirando a un punto impreciso entre mi cara y el vacío. 


¿Me mira a mí o no?, me preguntaba, dubitativo, inseguro, nervioso, repitiéndome: esto es demasiado intenso, yo ya no estoy acostumbrado, a ver si se va.
El chico, con su mirada bella, obviamente borracha, insistía con su expresión corporal. Se acercaba sin tocar.
De repente, se fue. 
Respiré, apuré un trago. Saludé a unos conocidos, pedí otra copa, volví al mismo sitio. 
El de la mirada bella y borracha volvió y me miró con alivio. "Aquí sigue. Bien", pareció pensar. No era Fassbender, Lord Diario. Era un chico normal, con sus buenas curvas, pero de constitución fuerte, muy del interior de este país. Barba, por supuesto.
El interés mutuo se hacía evidente, mientras la espera era agónica. Yo era quien debía decidirme a acercarme, a tocarlo, a que entiendera que sí, que adelante. 
Entonces, le toqué el brazo, le marqué la espalda con mi dedo índice y él apuró todo el espacio que restaba entre nosotros, siempre de espaldas a mí. 
Su culo grande se apretó contra mi paquete. Fue entonces cuando me di cuenta de lo excitado que estaba yo y el roce del culazo sólo lo incrementaba. Él siguió con el magreo, mientras yo descansaba mi aliento sobre su cuello. Lo besé. Él se dio la vuelta. Reacio al principio, se fue rindiendo a mí, que lo atornillé con mi lengua. Mientras, pensaba si debía hablarle, preguntarle el nombre. 
La información escasa se apuró en medio de la sesión. Jugueteó con mi polla por debajo del pantalón, me desabrochó algunos botones de la camisa y pellizcó mis pezones, en plena pista de baile, mientras yo cedía y me resistía al mismo tiempo. Hay que ver, canario, ya podías vivir en Madrid, me decía, tocándome por todos lados, entre la oscuridad y la claridad. Nos estarán viendo, pensaba. No importa, concluía.
Entramos en el cuarto de baño, cerramos el pestillo y me abrió la camiseta del todo. Me sacó la polla del pantalón. Me observó un instante, me comió los pezones y luego se metió el nabo en la boca. 
Hasta ese momento, había tenido tan poco interés en que le magrease su polla que pensé no debía tenerla muy grande. Le bajé la cremallera y la tenía bien gorda y dura. Se la comí, sentado en el váter, disfrutando cada segundo del sabor del pene, mientras lo oía bufar de placer. 


Debía irse porque trabajaba desde temprano. Se marchó dándome besos en la mano, diciendo que nos veríamos al día siguiente, así como enamoradito. 
De vuelta al hostal, recibía sus Whatsapps y nos mandábamos fotos. No entiendo cómo un tío que está tan bueno se ha podido liar conmigo, me dijo. Le contesté que ya será menos, pero me refocilaba en mi triunfo; por fin, tras tanto tiempo, era manifiestamente deseado. Sucedía en Madrid: se acababa la sequía, subía la autoestima. Sí, mi Lord, en el fondo soy más simple que la tabla del uno.
Pero Madrid no ha cambiado. Sus noches, crueles de tan bellas, odian repetirse. Y al día siguiente, el interés del caballero pareció morir al ritmo de la disipación etílica. Desapareció, como tantos otros, y pueden darse muchas teorías de por qué hoy mismo me ha bloqueado del Whatsapp. La más fidedigna ha de ser que el pibe es el clásico armarizado, que, en día de resaca, se pavoriza de lo que hizo en noche de desvelo. 


Pase usted la página, mi Lord.
Confieso que deseaba que aquel encuentro quedase en aquella noche perfecta del viaje perfecto, pero mi capacidad de fantasía siempre va a una velocidad impropia para la realidad y el pundonor se daña con esos bajones después de semejantes subidas. 
Si ya no vivo acostumbrado a las multitudes de Madrid, a sus dimensiones, a sus velocidades, a sus hombres que miran y desean y demandan, tampoco lo estoy a sus descorazones, a sus incoherencias. 
Ahora entiendo porque me cansé de vivir allí. Me habitué pronto a sus tristezas y, como tal, las relativizaba como normales, pero, en lo más profundo, debían dolerme siempre.
Esa ciudad me partió el corazón, usted lo sabe.


Madrid duele. Duele ahora, cuando pasan los días y cae el encanto mágico del viaje, desvanecido entre las rutinas del hoy y las incertidumbres del futuro. 
Queda la alegría. Cuando pienso en lo que hice, me siento orgulloso de haber comprado ese billete, porque sí, porque ya era hora. 
Pienso en volver y espero que surjan provechosas traducciones durante este verano que me proporcionen el dinero necesario para que sea pronto. 
Soy un hombre tranquilo y, a la vez, necesito estos momentos de intensidad, estos arranques de locura, esos culos grandes que me rocen el paquete, sólo para darme cuenta en ese instante de lo excitado que voy por la vida.
Qué genial todo. Valga la sonrisa.