martes, 10 de mayo de 2016

Madrid (III)


Querido Diario,

Leí su telegrama al llegar a casa. "Urgen noticias. Dicen que ha estado en Madrid. Dicen que ha visto la de Almodóvar. Dicen que ha salido por Chueca. No se olvide de su fiel amigo. Lord Diario.".
Dicen bien, mi añorado petimetre. Hace dos semanas, compré un billete en plena madrugada insomne y me dije: la próxima semana, sin esperar más. 
El pasado miércoles, volaba hacia Madrid, sólo por unos días y unas noches. Si usted tuviese Facebook y me agregase como ferviente seguidor de mis andanzas y mis inmovilidades, sabrá que todo lo que le han dicho es cierto. 
Incluso que ha sido un viaje perfecto, de pura y total diversión. Las grandes ciudades ganan mucho cuando se tiene el dinero para gastar y, medie la ironía, se viven mejor cuando no se vive en ellas. 
Sí, he disfrutado estos días en Madrid, pero le confirmaré que la dejaré en esa ciudad de visita, de turismo, mientras continuaré residiendo en lugares más económicos, ventilados y tranquilos para este hombre tranquilo.


Caminaba por las calles como aterrorizado, Lord Diario. No la recordaba tan grande ni tan imponente ni tan llena. Qué tretas juega el hábito y la percepción. Sólo dos años habían pasado y el ojo provinciano se había adueñado del protagonismo. 
Pasaba por el mismo barrio en el que había vivido durante un lustro y era como verlo en una superproducción bíblica en Cinemascope.
Entre el terror, el viaje fue un pedir de boca desde el principio. El alojamiento, los planes, los caminos, la gente que reencontré, la sensación de estar a bordo de una agotadora y beneficiosa lanzadera hacia la vida.
A la vez, antes de caer rendido en la cama tras el fructífero día, añoraba mi casa, mi cama, mis gentes de aquí. 
Amaba Madrid y todos sus segundos pero, definitivamente, ya no era de allí. 


El jueves, le di un beso a mi peluquera, almorcé en mi restaurante predilecto, compré la colección James Dean en Blu-Ray.
A eso de las cuatro, me planté frente a la cartelera de los cines culturetas de Fernández de los Ríos y, con un mohín, entré en "Julieta", sin fe, porque no había otra que me interesara. 
Tan bonita, tan pequeña, cuánto me sorprendió esa caligrafía de niño aplicado, como si Almodóvar por fin aprendiese a contar algo y no imponerse sobre ello. Me gustó, sí, diríase que me atrapó desde el principio, mientras constataba que Emma Suárez es una enorme desaprovechada en este país de desaprovechados. 
"Julieta" tiene mucho de caminar por Madrid y de reencontrar. De confrontarse a lo perdido. 
Al salir, hice lo propio, bajo mi capucha, como la gata y la lluvia. Del calor del primer día, el clima se puso a llorar. De emoción por mi regreso, sí.
En este viaje, hice lo que nunca terminé de hacer, vi a quien nunca veía, celebré lo que antes soportaba a duras penas.
Allí, en La Latina, estaba el restaurante al que jamás volví. Allí donde trabajaba el único hombre que me ha hecho cambiar mi estado civil de Facebook. Sucedió hace años. 
Me lo prometió todo, incluido el amor, y en ese restaurante, me presentaba a todos sus amigos como su novio. De un día para otro, sin explicación, dejó de llamarme y no lo volví a ver. 
Todavía, cuando me hago una idea del amor, tiendo a recordarlo. Y yo me hago ideas del amor durante todo el día. 


Tantos años después, pasaba por allí, sin pensarlo. La puerta de hierro estaba echada casi por completo y era imposible ver nada más del interior que unos pares de piernas, preparados para abrir el restaurante en cuestión de unas horas.
Quién sabe si estaba allí. Como esta visita en Madrid, consistía en caminar hacia adelante, no averigüé nada. Sólo seguí caminando. Lo dejé atrás.
Las horas se hacían segundos en Madrid y luchaba por ver a quien quería ver. Amigos y amigas me contaban cosas para hacerme reír, para que no los olvidara, para que volviera pronto. Planes, historias, conversaciones que se enredan. Tengo muchos amigos, Lord Diario. Más de los que pensaba.
Se hacía la noche y ya tenía el plan para el día siguiente, con esperanza para la improvisación y con la necesidad de cumplir con la más lasciva obligación.
Entré en el bar de Chueca. El viernes por la noche. Estaba incómodo y ni siquiera había soltado el abrigo. Me voy, creo que me voy. Da igual, pensé, hay más cosas en este viaje que el sexo y los hombres, no vale la pena obsesionarse.
Yo confieso: detrás del plan original de este viaje de reconcliación y reencuentro, estaba el turismo sexual.
Pero allí, por fin, se me hacía cuesta arriba, me sentía solo, desentrenado, excesivamente sobrio. Quería zafarme, estoy cansado, me duermo.
Miré con desconsuelo el panorama, lleno de hombres con aspecto rudo, osuno, average, todo lo que no se encuentra en los bares de ambiente de Tenerife. Aquello sí que era un bar de machos, coño.
Me quedé, agarré mi copa y me interné hacia la pista del fondo, donde reinaba la oscuridad y, por suerte, rondaban más chicos solos. 
Miraban, bebían, paseaban, alguno bailaba. Yo miraba los vídeos musicales de las pantallas, aferrado a mi ron, y me sentía cohibido como una colegiala cuando notaba que algún doncel me escrutaba con interés.
Dos se rindieron cuando no correspondí sus miradas y ademanes de cruising. El tercero no se arredró y se apostó a mi lado, mirando a un punto impreciso entre mi cara y el vacío. 


¿Me mira a mí o no?, me preguntaba, dubitativo, inseguro, nervioso, repitiéndome: esto es demasiado intenso, yo ya no estoy acostumbrado, a ver si se va.
El chico, con su mirada bella, obviamente borracha, insistía con su expresión corporal. Se acercaba sin tocar.
De repente, se fue. 
Respiré, apuré un trago. Saludé a unos conocidos, pedí otra copa, volví al mismo sitio. 
El de la mirada bella y borracha volvió y me miró con alivio. "Aquí sigue. Bien", pareció pensar. No era Fassbender, Lord Diario. Era un chico normal, con sus buenas curvas, pero de constitución fuerte, muy del interior de este país. Barba, por supuesto.
El interés mutuo se hacía evidente, mientras la espera era agónica. Yo era quien debía decidirme a acercarme, a tocarlo, a que entiendera que sí, que adelante. 
Entonces, le toqué el brazo, le marqué la espalda con mi dedo índice y él apuró todo el espacio que restaba entre nosotros, siempre de espaldas a mí. 
Su culo grande se apretó contra mi paquete. Fue entonces cuando me di cuenta de lo excitado que estaba yo y el roce del culazo sólo lo incrementaba. Él siguió con el magreo, mientras yo descansaba mi aliento sobre su cuello. Lo besé. Él se dio la vuelta. Reacio al principio, se fue rindiendo a mí, que lo atornillé con mi lengua. Mientras, pensaba si debía hablarle, preguntarle el nombre. 
La información escasa se apuró en medio de la sesión. Jugueteó con mi polla por debajo del pantalón, me desabrochó algunos botones de la camisa y pellizcó mis pezones, en plena pista de baile, mientras yo cedía y me resistía al mismo tiempo. Hay que ver, canario, ya podías vivir en Madrid, me decía, tocándome por todos lados, entre la oscuridad y la claridad. Nos estarán viendo, pensaba. No importa, concluía.
Entramos en el cuarto de baño, cerramos el pestillo y me abrió la camiseta del todo. Me sacó la polla del pantalón. Me observó un instante, me comió los pezones y luego se metió el nabo en la boca. 
Hasta ese momento, había tenido tan poco interés en que le magrease su polla que pensé no debía tenerla muy grande. Le bajé la cremallera y la tenía bien gorda y dura. Se la comí, sentado en el váter, disfrutando cada segundo del sabor del pene, mientras lo oía bufar de placer. 


Debía irse porque trabajaba desde temprano. Se marchó dándome besos en la mano, diciendo que nos veríamos al día siguiente, así como enamoradito. 
De vuelta al hostal, recibía sus Whatsapps y nos mandábamos fotos. No entiendo cómo un tío que está tan bueno se ha podido liar conmigo, me dijo. Le contesté que ya será menos, pero me refocilaba en mi triunfo; por fin, tras tanto tiempo, era manifiestamente deseado. Sucedía en Madrid: se acababa la sequía, subía la autoestima. Sí, mi Lord, en el fondo soy más simple que la tabla del uno.
Pero Madrid no ha cambiado. Sus noches, crueles de tan bellas, odian repetirse. Y al día siguiente, el interés del caballero pareció morir al ritmo de la disipación etílica. Desapareció, como tantos otros, y pueden darse muchas teorías de por qué hoy mismo me ha bloqueado del Whatsapp. La más fidedigna ha de ser que el pibe es el clásico armarizado, que, en día de resaca, se pavoriza de lo que hizo en noche de desvelo. 


Pase usted la página, mi Lord.
Confieso que deseaba que aquel encuentro quedase en aquella noche perfecta del viaje perfecto, pero mi capacidad de fantasía siempre va a una velocidad impropia para la realidad y el pundonor se daña con esos bajones después de semejantes subidas. 
Si ya no vivo acostumbrado a las multitudes de Madrid, a sus dimensiones, a sus velocidades, a sus hombres que miran y desean y demandan, tampoco lo estoy a sus descorazones, a sus incoherencias. 
Ahora entiendo porque me cansé de vivir allí. Me habitué pronto a sus tristezas y, como tal, las relativizaba como normales, pero, en lo más profundo, debían dolerme siempre.
Esa ciudad me partió el corazón, usted lo sabe.


Madrid duele. Duele ahora, cuando pasan los días y cae el encanto mágico del viaje, desvanecido entre las rutinas del hoy y las incertidumbres del futuro. 
Queda la alegría. Cuando pienso en lo que hice, me siento orgulloso de haber comprado ese billete, porque sí, porque ya era hora. 
Pienso en volver y espero que surjan provechosas traducciones durante este verano que me proporcionen el dinero necesario para que sea pronto. 
Soy un hombre tranquilo y, a la vez, necesito estos momentos de intensidad, estos arranques de locura, esos culos grandes que me rocen el paquete, sólo para darme cuenta en ese instante de lo excitado que voy por la vida.
Qué genial todo. Valga la sonrisa. 

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